Mata Hari, que en javanés significa «Ojo de la mañana», fue el nombre de la espía más famosa de todos los tiempos y que en este mes se conmemoran los cien años de su muerte frente a un pelotón de fusilamiento.
Es posible conseguir biografías de ella en nuestras librerías, hay seriados (en estos días se pasaba en la TV uno de ellos), se filmaron películas sobre ella, como las interpretadas por Jeanne Moreau y Silvia Kristel. La más conocida, sin embargo, es la interpretada por Greta Garbo, en donde esta belleza sueca, gélida y envarada, trata de imitar las danzas exóticas y eróticas de la Mata Hari, pero no lo logra. Lo claro es la fascinación que hay en el mundo sobre esta bella y trágica mujer. Todos los escritos sobre ella coinciden que como espía fue de una gran torpeza. En el diccionario de espionaje y contraespionaje de Jean Pierre Faure se recalca que su maestra en espionaje –la alemana Elizabeth Schramuller– la calificó de alumna muy mediocre.
Pero eso no importa. La fascinación por esta holandesa –que bailaba danzas orientales inventadas por ella y que, según el decir, hacía los movimientos más lentos para enfervorizar al público– al siglo de su muerte perdura.
Mujeres espías no dan una larga lista. De las primeras que tenemos noticia es de Dalila, la seductora de Sansón. (Antes había muchos salones de belleza que se llamaban Sansón y Dalila, ahora se llaman Sansón y Yadira).
Mata Hari, calificada como espía con demasiados amantes y con una total debilidad por los uniformados, fue juzgada y condenada por un tribunal francés como espía de los alemanes en un juicio que muchos de sus biógrafos juzgan como amañado. En ese momento el gobierno francés necesitaba elevar el espíritu de combate, y esta condena, suponían, haría crecer el patriotismo.
Como ella viajó de Madrid a París para caer en la trampa, en nuestro anecdotario literario está la acusación de nuestro escritor José María Vargas Vila a Enrique Gómez Carrillo, escritor y gran seductor guatemalteco, de haber empujado a la Mata Hari a irse a Francia, donde la esperaba para arrestarla el servicio de contraespionaje. Los escritores se retaron a duelo, pero ninguno de los dos llegó en la fecha al lugar convenido.
Réplicas de Mata Hari han menudeado. Así, en la década de los cuarenta se presentó en esta ciudad, y en otras de la Costa, la famosa bailarina de danzas orientales Kira Kiralina (nombre tomado de una famosa novela del rumano Panait Istrati). Hay fotos de ella en el hotel Esperia rodeada de galantes caballeros.
La bailarina hacía cuadros en el escenario del teatro Rex que, como anotaba el cronista Alfredo de la Espriella, «subía la temperatura de los asistentes». Hay que anotar que al espectáculo no asistían mujeres. Algún funcionario anotó que si ella era húngara como decían los carteles de propaganda, era nacional de un país aliado de Alemania y por tanto de un país enemigo del nuestro. Alguien la tildó de espía, por las danzas. En Medellín un fotógrafo muy conocido, tal vez Melitón Rodríguez, tiene retratos de ella muy divulgados. No hay más noticias de ella, alguien me dijo que se había descubierto que no era húngara sino de Envigado.
De espías en Colombia solo puedo hablar con propiedad de Deborah Kruel, un personaje imaginario, protagonista de una de mis novelas con ese nombre. Confieso que se inspiró lejanamente en Mata Hari, el arquetipo, el prototipo, el mito que reúne belleza y espionaje.