Sábado, Octubre 22, 2016 - 13:21

Estaba preocupado porque tendría que escribir mis apreciaciones sobre Haruki Murakami, Philip Roth o Don De Lillo, novelistas que sonaban para el Premio Nobel de Literatura este año. De cada uno de ellos, confieso, me he leído dos novelas que me han gustado, pero no emocionado. Y vino la bomba, el premio era para Bob Dylan, un cantautor, de quien tengo dos discos y una revista en inglés (no leída) dedicada a su obra como compositor. El alud de artículos sobre él me ha aclarado mucho sobre su obra y los que más me gustaron fueron los de Heriberto Fiorillo, Fabián Buelvas y Joaco Mattos, escritores de nuestro patio.
Por más que trato de recordar si en los gloriosos sesenta oía a Bob Dylan no lo tengo presente. El único cantautor de quién silbaba alguna de sus canciones era Alejo Durán. Mientras iba camino de la universidad, también canturreaba: Lloraban los muchachos /lloraban los muchachos/ lloraban los muchachos, cuando di mi despedida.
En los setenta estuvo trabajando en esta ciudad el poeta nadaísta Amílcar-U. Venía de Nueva York y había estado en todo el corazón de la Nueva Era. Fue él quien me habló y me puso algunos de los discos de Bob Dylan. Recalcó el aura poética que rodeaban sus textos, me los traducía, me explicaba cómo sus composiciones tenían elementos crípticos, herméticos, a menudo surrealistas, y las múltiples referencias eruditas que daban falsas pistas. Todo susceptible a infinidad de interpretaciones. Me habló de la canción A Hard Rain´s A-Gonna Fall (Una dura lluvia va a caer) que oía siempre que lo visitaba. Ahora ha sido reproducida su letra en todos los comentarios sobre Bob Dylan. Como Amílcar tenía una tendencia mística-erótica, estaba encantado con otro cantautor, Leonard Cohen, de quien la prensa afirmó, en estos días, ha decidido dejar de componer. Nunca encontré la chica / nunca me hice rico / sígueme (leo en una de sus canciones traducidas).
La Academia Sueca ya había venido dando señales de cambios. Con Alice Munro premió a una cuentista, un género que antes no había sido premiado. Con Svetlana Aleksiévich lo fue el periodismo. Y ahora el mayor de los cantautores ha sido premiado mientras resuena el debate de si “esa especie” es literatura. Los entendidos se han dado dobles y mandobles. Las emisoras culturales le han dedicado programas y nuestro grueso público no está especialmente emocionado. Pero lo que está claro es que después de este premio se ha ampliado el horizonte literario. Los cantautores serán tema de estudio. Ahora, en las clases de literatura se encontrarán cursos sobre Juan Manuel Serrat, Fito Páez o Violeta Parra. Por lo menos se estudiarán las letras, lo que ya algunos maestros vanguardistas han hecho. Como se ha hecho notar por algunos de los comentaristas, el tema es viejo. Cuando se menciona el Madrigal, de Gutierre de Cetina: Ojos claros, serenos si de un dulce mirar sois alabados ¿Por qué, si me miráis, miráis airados? La mente da un vuelco telúrico y entre nosotros recordamos aquella canción popularizada por el gran Alejo: Mírame fijamente hasta cegarme, mírame con amor o con enojo, pero no dejes nunca de mirarme, porque quiero morir bajo tus ojos.
De meterme en alguno de estos cursos, el primero que tomaría sería sobre Bob Dylan, sin duda un hombre genial, y con el que llenaría este vacío que tengo sobre su obra. Y de paso sintonizo mi oído a sus canciones. Pero el curso que tomaría emocionado sería sobre ese gran poeta ‘modernista’, olvidado y que solo los viejos recordamos: Agustín Lara. El excelente ensayista mejicano Carlos Monsiváis en su libro Amor perdido le dedica un glorioso artículo y analiza aquel bolero que terminaba: Si cada noche es una aurora / si cada nueva lágrima es el sol / ¿Por qué te hizo el destino pecadora/ si no sabes vender el corazón?
Un aplauso para la Academia Sueca, y dedicaré esta semana a escuchar a Bob Dylan, que confieso me resulta lejano.
Ramón Illán Bacca
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