
A mi madre santa,
a quién le hubiera gustado leer esta crónica
―Levantemos el corazón ―dice el padre Alfonso Miranda.
―Lo tenemos levantado hacia el Señor ―contestan los feligreses de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen.
Desde pequeño me han emocionado estas palabras de la eucaristía, no tanto por su contenido místico o religioso, sino por su belleza poética. Levantar el corazón, más que llamarlo a filas y ofrecerlo como un soldado a Dios, es robarlo por un momento a su función biológica y brindarlo a otra instancia más sutil. Levantar el corazón es sacarlo por un momento de la corriente de la vida y mantenerlo en vilo fuera del tiempo y el espacio.
El padre Alfonso comienza entonces el ritual de la consagración, esa fábula cristalina en que lo invisible se encarna en algo tan cotidiano y terrenal como el pan y el vino. Con la mirada concentrada primero en la ostia y luego en la copa levantada, el padre pide a Dios que santifique “esos dones, de manera que se conviertan para nosotros en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo”. Me encanta ver a alguien dedicado a recrear con tanta seriedad y convicción una escena que sucedió hace más de dos mil años. En especial, me gusta el momento en que el sacerdote pide la bendición de la ostia y el vino con la efusión del Espíritu de Dios. Al escuchar esa palabra, ‘efusión’, me imagino siempre a alguien agitando una botella de vino espumoso y luego el líquido desbordándose profusamente de la botella. Me imagino lo simbólico rebosándose de su copa hasta impregnar el altar de lo real.
Para el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, el hombre es, ante todo, un ser ritual: “Si estoy furioso por algo, golpeo con mi bastón la tierra o un árbol. Pero ciertamente no creo que la tierra sea culpable o que el golpear pueda servir para algo. Desahogo mi cólera. Todos los ritos son de este género”. Por esa atracción hacia los ritos, me costó en la adolescencia abandonar los juegos infantiles y me terminó gustando tanto la literatura, que es otra forma de encarnar lo invisible. Y seguramente también por eso me llama la atención la vida de Francisco de Asís, probablemente el hombre que más ha logrado recrear al pie de la letra la vida de Jesús, como un sacerdote que se hubiera dedicado minuciosamente a convertir su existencia en un rito de consagración. Hace 800 años, “el sol de Asís”, como lo llamó Dante en su Divina Comedia, enseñó con su vida que para volverse un santo era preciso volverse humano; que para volverse una llama era necesario encarnar su sombra; que para llegar a la riqueza espiritual uno debía desprenderse de todo lo que no fuera esencial, igual que, para volverse rico, un texto literario debe lograr la mayor concisión.
La Parroquia Nuestra Señora del Carmen, ubicada entre los barrios Prado y Boston, de arquitectura neorrománica, es la única de Barranquilla que alberga una congregación de Hermanos Menores Capuchinos, probablemente la orden franciscana que más conserva el espíritu de San Francisco. De hecho, esa rama fue fundada hace 500 años a partir de una reforma que buscaba regresar a la esencia de la vida del santo, incluyendo el hábito marrón con una capucha alargada de acuerdo a la original.
Sin embargo, el padre Alfonso Miranda, uno de los tres sacerdotes capuchinos de esta parroquia, no tiene en este momento la túnica característica con la famosa capucha puntiaguda, de la que tomaron el nombre, ni tampoco luce la barba venerable al estilo de uno de sus más famosos miembros, el Padre Pío. Está muy bien afeitado y lleva, eso sí, unas sandalias sin medias. Espero a que termine de hablar por celular (un aparato de alta gama con internet y pantalla inteligente) y le explico el motivo de mi visita. Me conduce a un jardín que imita muy bien la tranquilidad del Paraíso, con una fuente romana, garzas de plástico y una vegetación de algas que me recuerda las orillas de un lago o de un río. Nos sentamos en un banco frente al jardín, en la galería que conduce a la oficina de la parroquia, a las habitaciones de los padres y a unas puertas con rótulos distintos: “Sol”, “Luna”, “Fuego” y “Tierra”, en honor a La Oración de las Criaturas que San Francisco llamaba hermanas. A mi lado remolonea un gato, el hermano gato; el padre lo acaricia con fruición a la espera de mis preguntas.
―¿En qué se distinguen ustedes de los otros franciscanos?
―La diferencia es de carisma ―afirma―, está en la tonalidad de la misión. Hacemos más énfasis en vivir el gozo del evangelio, en recrearlo a través de nuestra propia vida, en volver a la pobreza que nos enseñó Jesús para llegar de verdad a los pobres.
Los capuchinos intentan seguir la parábola del buen pastor: dejar el rebaño para ir tras la oveja perdida. Sus congregaciones se enfocan en la población más necesitada y vulnerable: niños de la calle, niñas expuestas a violaciones y entornos difíciles, jóvenes drogadictos, personas desplazados por la violencia. Un par de esas instituciones son: el Centro Juvenil Santa Helena, en el Barrio Abajo, dirigida por la hermana Lourdes y otras hermanas terciaras capuchinas, que atiende y le da albergue a niñas en situaciones familiares de riesgo; y la Comunidad Terapéutica San Gregorio, en Bogotá, dirigida también por terciarios capuchinos y concentrada en la reinserción de personas adictas a las drogas y sustancias inhalantes. Por otra parte, han venido colaborando con las zonas más marginales del país: Chocó, Amazonas, Putumayo, Guajira. A causa de la escasa presencia estatal que hay en esos lugares, muchas veces les ha tocado representar al Estado y cumplir funciones públicas: servir de corregidores, enseñar la lengua, impartir educación, ofrecer servicios médicos.
Le pregunto al padre Alfonso por qué en la Sierra Nevada de Santa Marta terminaron expulsados. Quería conocer su versión, pues según el documental Nabusímake: Memorias de una independencia, producido y realizado por los propios arhuacos, los misioneros capuchinos llegaron en 1916 enviados por el presidente de Colombia de ese entonces, José Vicente Concha, prohibieron las costumbres y lenguas originarias de la comunidad y rebautizaron a Nabusímake como San Sebastián de Rábago. El documental cuenta que los religiosos les arrebataban los niños a las familias para recluirlos en una edificación llamada el Orfanato.
―En la Sierra Nevada hubo conflictos circunstanciales ―responde el padre―. Se crearon internados, que eran la forma de educar de la época, y al final eso produjo desacuerdos y confrontaciones. En otros territorios indígenas, la experiencia ha sido distinta, como por ejemplo en Nazareth, en la alta Guajira. Allá los capuchinos son muy queridos y la gente vive muy agradecida con su labor. Incluso hay hermanas terciarias capuchinas que son de la misma etnia wayuu, como el caso de Ana Victoria Iguarán, que es una de las mujeres más importantes de su misión y al mismo tiempo una de las más importantes de su comunidad.
―¿Cómo les sentó que el papa actual haya adoptado el nombre de Francisco?
―Es la mejor propaganda que podemos tener ―sonríe de forma tan amplia que se les cierran los ojos abotagados.
―Pero él no es franciscano ―señalo.
―Es jesuita.
―¿Cuál es la diferencia entre la orden franciscana y las otras órdenes?
―Te voy a echar un cuento para que veas la diferencia. Un día estaban reunidos en una habitación un franciscano, un dominico y un jesuita. De pronto, se va la luz. El franciscano dice: “Señor, tú eres la luz y yo soy la sombra. Ilumina las tinieblas de mi corazón”. El dominico, por su parte, pregunta por qué se fue la luz. En ese momento, la luz regresa y con ella el jesuita, que trae en la mano el fusible dañado.
La primera parroquia de capuchinos en Barranquilla fue la de Nuestra Señora del Rosario.
Un viaje expedito al cielo
Alfonso Miranda nació en Cartagena en 1942, pero desde muy pequeño se trasladó a Barranquilla con su familia. Era el menor de siete hermanos: cinco varones y dos hembras. Se vinieron porque su padre, Rafael Miranda, era navegante fluvial. Se instalaron en una casa de la calle Murillo con Topacio, cerca del estadio de béisbol Tomás Arrieta. La infancia de Alfon, como lo llamaban cariñosamente, fue igual a la de cualquier niño del Barrio Abajo: jugaba chequita (béisbol callejero) y bolaetrapo, y escuchaba cuentos en las esquinas y los andenes.
Una vez Alfonso fue a misa con su madre y vio a unos niños de su edad haciendo de acólitos. Preguntó enseguida si podía hacer lo mismo. Desde entonces comenzó a ir todos los días a la Iglesia Nuestra Señora del Rosario. Se presentaba a las 5 de la mañana y volvía luego a su casa para desayunar y dirigirse de inmediato al colegio. A esa hora de la madrugada en que le tocaba ir a la iglesia, lo acompañaba siempre uno de sus dos hermanos mayores.
Fundada en 1894, la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, a unas cuadras de distancia de la casa de Alfonso, fue la primera parroquia de capuchinos de la ciudad y la tercera iglesia construida después de la de San Nicolás y la de San Roque. Al ver que en esa zona grupos de protestantes habían construido un templo y una escuela para extender su credo, el presbítero Carlos Valiente, regente de la parroquia de San Nicolás, promovió la construcción de la nueva iglesia. Aunque en un principio la iniciativa fue impulsada por la congregación Hermanos de la Caridad, comenzó a funcionar bajo la dirección de los Padres Capuchinos y se volvió la sede de las misiones que ellos desarrollaban en Valledupar y la Guajira.
―Me llamó la atención el estilo de los capuchinos ―me cuenta el padre Alfonso―. Ellos llevaban misiones a lugares apartados de la Costa, con el apoyo de los Cuerpos de Paz de Estados Unidos, y volvían a hacer sus diligencias en Barranquilla y a reunirse con los otros. Yo los escuchaba hablar de sus incursiones y comencé a admirarlos.
En esa época el padre superior de la parroquia era un sacerdote español que sigue conservando un lugar especial en la memoria colectiva de la ciudad: Alfredo de Totana. Este capuchino presidió el Tribunal Eclesiástico y fundaría la Parroquia Nuestra Señora del Carmen. El profesor Alberto Assa lo describiría, con ocasión de su muerte en 1972, como un “valeroso precursor de muchas ideas nuevas, para tratar de salvar antiguas verdades en peligro de ser atropelladas por una renaciente barbarie”.
Un día cualquiera Alfonso no volvió a la casa a desayunar. Su madre, Orfelina, estaba preocupada. La señora fue a la iglesia y le dijeron que ya su hijo se había ido. Lo encontró en el colegio, sin haber probado bocado. Se le había hecho tarde y había seguido de largo. Otro día el padre Alfredo de Totana mandó a llamar a Orfelina.
―¿Qué le pasó a Alfonso? ―preguntó ella preocupada.
―No le pasó nada, tranquila ―respondió el padre en la puerta de la iglesia―. Sólo quiero mostrarte el futuro.
Cuando la mujer entró a la casa parroquial, vio a su hijo con una barba de carbón pintada por el mismo padre.
―Ahí tienes a tu hijo cuando sea sacerdote ―lo señaló riendo.
Entonces le contó una propuesta que le había hecho a Alfonso y que a este le había gustado: ir a estudiar el bachillerato en un seminario de capuchinos en Chía. Totana quería saber ahora si ella y su esposo estarían de acuerdo.
Orfelina le dijo que ellos apoyaban a Alfonso si esa era su decisión, pero que no estaban en condiciones económicas para asumir los costos.
―No se preocupe ―dijo él―, nosotros asumimos los gastos.
―El otro inconveniente sería que Alfon es hijo de un masón ―repuso ella refiriéndose a su marido.
―No hay problema ―respondió el cura―, porque la masonería no es ninguna religión.
Entonces Alfonso se fue con nueve años a la capital, pero a los 6 meses se regresó. Le hacía mucha falta su familia y no quería seguir lejos. El mismo padre Alfredo de Totana le consiguió un cupo en el colegio público Eusebio Caro de Barranquilla. Ahí terminó el primer año de bachillerato. Cuando la familia volvía de vacaciones de Cartagena, encontraron al cartero tocando la puerta con un telegrama en la mano. Por iniciativa propia y sin decirles a sus padres, Alfonso había hecho una nueva solicitud al seminario. El telegrama decía que lo aceptaban nuevamente.
Cuando estaba terminando el bachillerato, una muchacha que pertenecía a las Hijas de María de la Iglesia del Rosario, se aparecía en la casa cada vez que él volvía de vacaciones. Un día quiso hablar con el Padre Totana; quería saber si Alfonso iba a seguir el camino del sacerdocio.
―Yo sé que tú estás enamorada de él ―le respondió el cura y le propuso una forma de indagar la respuesta―. Depende de lo que él te responda, yo te diré si tienes esperanzas.
Ella regresó y le dijo lo que le había respondido Alfonso. Entonces el Padre Totana concluyó:
―Olvídate, aquí no hay más nada que hacer.
Después del bachillerato, Alfonso estudió un año de aspirantado en Pasto, tres de filosofía en Quito y cuatro de teología en Valencia. Él y sus compañeros salían una vez por semana del convento donde estudiaban, cantando coplas: “Unos van en moto, otros van en coche, y los capuchinos uno tras de otro”. En esas salidas jugaban futbol, se quitaban la sotana y se ponían una especie de sudadera con capucha, que se llaman sanders. La gente los miraba divertidos como si estuvieran en calzoncillos.
Fue una época crítica, hubo cambio de concilio, cambio de modelos de vida consagrada en todo el mundo, nuevas teologías como la de la liberación. Mucha gente se salía de la vida religiosa buscando otros caminos más directos para cambiar el mundo. En 1969, el año en que Alfonso se ordenó sacerdote y volvió al país, el hombre había llegado al cielo mediante una forma más expedita que la religiosa; eso parecía que hubiera servido de ejemplo a muchos. Con el otro ejemplo de la Revolución Cubana, nadie quería quedarse quieto. Era una época de muchos cambios sociales, incluyendo un nuevo despertar de la sexualidad. Además de Camilo Torres, dos padres capuchinos se habían ido a la guerrilla: Francisco Galán y Belisario Nieto. Había un ambiente de zozobra en las iglesias. Las autoridades seguían muy de cerca a los sacerdotes. Un hermano de Alfonso se había enrolado en la izquierda radical, participando en cuanta huelga de hambre organizaba la Universidad Libre; eso le hacía sentir más vigilado. Para completar, murió su madre por un descuido médico: una peritonitis cuando la operaban por un descenso en la matriz. Alfonso se presentó al día siguiente. Él mismo ofició el rito fúnebre.
―Siempre fue muy íntegro, muy valiente ―me dice su hermana Hilda en la sala de su casa, más o menos cerca de la Iglesia del Carmen―. También ofició el rito fúnebre de nuestro padre tres años después y más tarde los de un hermano y una hermana. En pleno ritual, sacaba a relucir anécdotas sobre ellos, sin que se le quebrantara la voz en ningún momento. Allí yo me daba cuenta de que la fe sirve para algo, porque incluso nos seguía alentando fuera de la misa. Se volvió el pilar de la familia. Siempre ha abogado por reunirnos cada vez que cumple alguno de nosotros y en fechas especiales. Hace poco, en su propio cumpleaños, le prestaron una finca en Puerto Colombia e invitó a todas las familias de sus hermanos. Allá oficio una misa y una sobrina le sirvió de acólita. A mí me parecía increíble que aquel Hermano Menor Capuchino fuera el mismo niño que sus hermanos mayores llevaban de la mano a la iglesia para que cumpliera desde entonces sus ritos sagrados.
En los años 80, luego de una docena de años de sacerdocio en San Andrés, Valledupar y Barranquilla, cuando ya parecía encaminado solo a la vida pastoral y al trabajo social, decidió estudiar Derecho en la Universidad Javeriana de Bogotá y luego de seis años se graduó de doctor en Derecho Canónico. Hoy tiene 74 años y ha sido cuatro veces director provincial de la congregación de Padres Capuchinos en Colombia, sumando en total diez años de funciones; ha sido también miembro del Tribunal Eclesiástico de Barranquilla y del Tribunal Eclesiástico Superior de Bogotá. Pero él le resta importancia a esos poderes:
―Lo que importa es la autoridad moral, no la autoridad jurídica.
El hermano café
Cuenta la historia que un día Giovanni, hijo del rico comerciante Pietro Dei Moriconi, abandonó todas sus posesiones sin pensarlo dos veces para dárselas a los pobres y vivir como ellos. En las luchas internas de la Guelfa Perugia, Francisco di Bernardone cayó prisionero. Se le ha llamado la noche de Espoleto al momento en que se despojó de sus prendas para lanzarse a la aventura santa. Se quedó solo con su hermano asno, como llamaba a su cuerpo. El papa Inocencio III era el guardián de la Iglesia en esa época medieval. Francisco de Asís, con un grupo de hermanos, llegó a Roma con la intención de formalizar ante las leyes eclesiásticas y darle carácter de comunidad a su forma de vida evangélica. Sabía de antemano que la Iglesia era un poderoso imperio, y el papa una especie de rey que poco caso le haría a un pobre menesteroso como él. Después de mil intentos buscando la bendición papal, Inocencio III lo recibió con estas palabras: “Anoche tuve un sueño: vi cómo la Iglesia se derrumbaba a pedazos, y cuando parecía que los muros daban al suelo, un hombrecito desarrapado la sostenía en sus hombros, aquel desarrapado eres tú, Francisco, hijo de Asís, juglar de Dios”.
Los capuchinos, como orden que trata de resucitar el espíritu original de la orden franciscana, pregona la tesis contraria a Descartes: el último verbo del ser no es el yo pienso, sino el yo siento; el último reducto del yo no es el logos sino el pathos y el eros. Esa fuerza de atracción hacia todos los seres y las cosas que nos rodean es mucho más impetuosa en la medida en que alguien está llamado a abrazar el absoluto. Entonces es cuando la razón debe entrar a canalizar, a disciplinar, a domesticar al hermano asno. La meta de San Francisco era espiritualizar la materia y materializar el espíritu, por eso todos los seres y cosas del mundo entero eran sus hermanos. “La corporeidad es santa porque tiene una misión importante: simbolizar el espíritu”, escribió el filósofo español José Ortega y Gasset.
Hay otro capuchino importante en esta historia: el café con abundante espuma encima, que no por ser una cosa deja de ser importante. Que lo diga San Francisco. La espuma de esta bebida es preparada cuidadosamente con base a vapor de leche y pareciera coronar el café como una aureola nívea, santa, que le sirve de capucha. De esa bebida también se desprende una filosofía, igual que en el vino convertido en lambrusco se puede manifestar la efusión de Dios o, en la ostia y el vino, el Cuerpo y la Sangre de Jesús. La espuma del capuchino es literalmente un puente entre la sustancia oscura del café y el aire transparente, un paso milagroso entre lo líquido y lo gaseoso, un salto de gozo entre el paladar y el cerebro, entre el eros y el logos, entre la tierra y el cielo.
La sombra de la capucha
A mi amigo Ramón Molinares, ateo irrestricto que siempre ha despotricado de la religión católica, a pesar de haber nacido en Santo Tomás, le dijo una vez un yerno, también ateo: “Ramón, como ninguno de los dos es creyente, no tendrás reparo en que, en lugar de casarme con tu hija, me vaya a vivir con ella en unión libre”. Ramón se puso rojo de la ira y bramó: “¡Mi hija no sale de mi casa si no está bien casadita y por la iglesia!”. Esta pequeña anécdota ilustra rápidamente el grado de compenetración que tiene la iglesia católica en un país como Colombia, donde hasta el más famoso miembro de la guerrilla más comunista era sacerdote.
Por eso no es extraño tampoco que la primera edificación capuchina de Latinoamérica haya sido construida en Colombia: el Convento de San Juan Bautista fundado en 1790 en el pueblo El Socorro, Santander, y que está vinculado para siempre a la historia del país, pues fue allí donde se firmó la primera Acta de Independencia, fechada el 10 de julio de 1810, 10 días antes de la proclamada Acta de Independencia de Colombia.
El departamento del Atlántico no se queda atrás con sus 154 iglesias, 120 de las cuales están en el área urbana de Barranquilla. Una de ellas, la Parroquia San Francisco es una especie de epicentro de la zona donde se agrupa el mayor número de edificaciones franciscanas de la ciudad. En el barrio Las Delicias, a la altura de la calle 72 con carrera 38, a menos de una cuadra de distancia, están: la parroquia al lado de donde quedaba el Colegio San Francisco (el terreno fue vendido a la cadena de almacenes Éxito y el colegio se trasladó a las afueras de la ciudad, en un lugar más afín al talante natural de San Francisco); a media calle está el Colegio La Sagrada Familia dirigido por hermanas terciarias capuchinas, entre ellas la encantadora hermana Amanda Berrío, y enfrente el Monasterio de las Hermanas Clarisas.
Hoy he vuelto a la Parroquia del Carmen, que es como un planeta suelto de aquella constelación franciscana, con la idea de supervisar unas fotos que le van a tomar al padre para esta crónica. Apenas nos ve al fotógrafo y a mí, se dirige a su dormitorio y vuelve con su hábito. Al fin puedo ver la túnica de cerca: por supuesto, está hecha de forma industrial con dril en lugar de lana cruda.
El padre posa con un poco de pudor o incomodidad, pero al final se relaja un poco y levanta sus brazos con la misma efusión de alguien que levanta desprevenidamente el corazón hacia Dios.
―Padre, ¿sabe en qué parece un capuchino a un fotógrafo? ―le pregunto.
El padre Alfonso alza los hombros y se quita la capucha como para escucharme mejor.
―Que ambos trabajan con luz y con sombra ―me respondo a mí mismo.
En algún momento, una empleada de la parroquia me pregunta si quiero tomar algo.
―Vino ―le suelto bromeando, pero enseguida rectifico y le digo que un café estará bien.
El fotógrafo se despide y otra vez me quedo solo con el padre. Le pregunto si en toda su vida ha sentido alguna vez una experiencia sobrenatural.
―En tres ocasiones me han ocurrido accidentes al mismo tiempo que le sucedían otras situaciones intensas a mi hermana Hilda. En una ocasión me estrellé en un vehículo. Llamé a mi hermana y justo la acababan de robar en su casa con un arma de fuego. Es como si estuviéramos conectados o como si nos distribuyéramos las cosas malas para que el golpe sea menor, una especie de trato místico.
―En la física cuántica sucede algo parecido ―le comento―: dos electrones que han estado unidos en algún momento, sufren al mismo tiempo los cambios que sufre uno de ellos, aunque se encuentren en lugares opuestos del universo. Es como si en los bordes de la realidad comenzaran a borrarse los límites y las distancias, y comenzaran a hermanarse todos los elementos de la materia en una continuidad maravillosa, tal como quería San Francisco.
Me despido del padre entregándole la taza vacía.
―Estuvo bueno el capuchino ―le digo a manera de despedida―. Solo le faltó la espuma.
―La espuma se la pones tú ―responde enseguida con aquella sonrisa suya tan amplia que le hace cerrar completamente los ojos… Sin embargo, sé que aun así sigue viendo todo por entre la rendija de sus párpados, al igual que Dios nunca ha dejado de verlo todo desde la enorme capucha que lo esconde.
Álvaro Miranda, uno de los tres capuchinos de la parroquia Nuestra Señora del Carmen de Barranquilla. Foto: Luis Rodríguez.