
Los huesos recién desenterrados de Claude Herviant hacían su último viaje en automóvil y bajo mi responsabilidad un 6 de marzo de 2010. No había de otra, era la misión que me había encomendado Ernesto McCausland Sojo.
Tenía que convertir en cenizas el cuerpo del trotamundos francés en una funeraria de Barranquilla. Debía asegurarme de que el cometido se lograra a como diera lugar, para así terminar el sueño fílmico que se le había convertido en obsesión al gigante barranquillero de voz noble: su película Eterno nómada.
Fueron dos años de grabaciones, investigaciones, trasnocho, viajes a Europa, Bogotá y La Guajira, cansancio, frustración, risas, planeación, búsqueda de patrocinadores, desierto y cosmogonía wayuu.
Como lo recuerda Juan José Londoño, director de fotografía del filme, Ernesto se apasionaba por hacer las historias que desenterraba, «una vez lo lograba se sentía satisfecho. Para él no era gran motivación llevarlas a concursar a festivales, su satisfacción era hacerlas y las hizo».
«Una vaina mágica»
Fueron varios los escollos derribados para poder terminar el rodaje de Eterno nómada. Milagro, magia, empeño, fe. Quizás fueron esos cuatro elementos conjugados. Desde el descubrimiento de la historia y de cómo se fueron juntando las partes del rompecabezas.
No solo fue enfrentar un retén con una docena de policías ese 6 de marzo y convencerlos de que en la silla de atrás del carro en el que me movilizaba no reposaban los restos de alguna víctima desmembrada del paramilitarismo o de la guerrilla. No, más increíble que eso fue convencer a la familia de Herviant, en Francia, de regresar a Colombia para que se le hiciera un segundo funeral en el que se desenterrarían sus huesos, se lavarían con chirrinchi, Old Parr y se lloraría como si acabara de morir por la familia wayuu que lo había adoptado. Encontrar luego la tumba en la que Heviant había sido enterrado un 14 de febrero de 1989 en la inmensidad del desierto guajiro. Hallar a las personas que acompañaron al documentalista en el trágico accidente automovilístico que acabó con su vida. Dar con los rollos de las imágenes que se alcanzaron a rodar en ese entonces y luego exhibirlos en el cementerio de la ranchería llamada Cucurumana, a 10 minutos de Riohacha, donde el protagonista de la historia estaba enterrado. Todo, absolutamente todo conspiró a favor del fin esencial que Ernesto se había propuesto y que ni él mismo sabía si tendría su final soñado.
Carlos Londoño, productor de Eterno nómada, piensa igual.
«A él le llamó la atención la historia y empezó a averiguar cómo eran las costumbres, los rituales, en fin (…) Él me hace el comentario y empecé a investigar. Unos tres meses después, estaba aburrido en Uribia porque no encontraba nada. Se me dio por preguntarle a mi comadre María Teresa Fernández sobre la historia del francés. La comadre se me quedó mirando, calló y me dijo: ‹compadre, si usted supiera, yo iba en esa camioneta con el francés, tenía 15 años, fueron cosas de locura›. Después me contó que el francés se había ido a vivir a su ranchería (Cucurumana) para que ella y su familia hicieran parte de la historia que contaba en su documental. Así ocurrieron muchas coincidencias (…) Esa vaina fue mágica», narra Carlos.
El último día
Ahora yo caminaba con las cenizas de Claude Herviant por Jepirra, «el paraíso wayuu materializado en el Cabo de la Vela». Nadie hablaba ni grababa. Sin ponernos de acuerdo todos mantuvimos la cabeza gacha. Era el fin, el último deseo de Herviant, su hijo Emanuel, su mujer Jacqueline André, la familia wayuu adoptiva y por supuesto Ernesto.
«Ernesto quería grabar solo la escena con la viuda para tener cierta prudencia. Yo no aguanté las ganas, me escondí detrás de unas piedras para hacer varias tomas. Finalmente fueron las que salieron en la película», contó el director de fotografía, Juan José Londoño.
Si había algo que tenía claro cuando entré a trabajar en EL HERALDO era que algún día volvería a trabajar con Ernesto McCausland en su esquina favorita, la del cine. Nunca pensé que partiría tan pronto y que el rodaje de la historia del Eterno nómada Claude Herviant sería el último. Me queda la satisfacción de haberlo acompañado en esa travesía de arte, milagros y fe.