
La utilización de la marimba en la Costa Caribe no ha sido habitual. Bien lo afirma George List en el ensayo denominado “La Mbira en Cartagena” (1968): «Este último instrumento no se halla en vigencia en la Costa del Atlántico, a despecho de que una nutrida población negra habita en ambas regiones costeñas». El investigador Luis Antonio Escobar la menciona en su texto La música en Cartagena de Indias (1985), refiriéndose a su posible origen y ubicación en el Pacífico colombiano. Una mención específica de su presencia y utilización en la Costa Caribe la hago en el libro La tambora viva. Música de la Depresión Momposina (2013).
Pero si la utilización del instrumento no ha sido habitual en el Caribe colombiano, sí lo ha sido el uso de la palabra “marimba”. En pueblos ubicados en las orillas del río Magdalena, la marimbula utilizada por los grupos de sextetos afrocolombianos ha sido identificada como marimba, denominación que no es particular a esta región. Según List (1968), en República Dominicana llaman marimba a la caja de percusión, mientras que en Cuba le llaman marimbula. El que el sexteto nuestro sea copiado del cubano resultó decisivo para que este xilófono fuera llamado marimbula.
La marimba ha estado presente en la vida musical de algunas localidades del bajo Magdalena. En Altos del Rosario, Bolívar, ubicado en la ribera de uno de los varios brazuelos que se extienden por la isla de Mompox y las tierras de Loba, interpretaban piezas musicales con este instrumento. En el tiempo en que las semillas de pancoger sembradas en el campo germinaban, la marimba era empleada para espantar pájaros interpretando son de loro o imitando el canto del pájaro corcovado (Rojano, 2013). El instrumento era hecho con madera de guarumo, cecropia peltatia, y era sonado con dos baquetas. Ubicado sobre un zarzo de dos metros de altura en el centro del cultivo, era tocado por un menor de edad que vigilaba la llegada de aves a comer lo cultivado. En las cantinas locales era habitual escuchar a los alteños cantar zafra y hacer sonar el xilófono interpretando cumbias, merengue ríano y berroche.
Cerca de esta población, yendo por el brazo del río denominado Quitasol, Rosario o de Los Pescadores, está la localidad de Río Nuevo, Bolívar, donde fue utilizada la marimba, fabricada con tres trozos de madera de guarumo para espantar pájaros al ritmo del son de corcovado –Odontophorus leucolaemus. El pájaro corcovado produce un sonido grave “Gú, gurú, gú, gurú... Ki ko…”, mientras que el de la marimba es el característico de un instrumento de percusión, lo que haría posible imitar con este instrumento el sonido del ave. En diciembre el idiófono era incorporado al conjunto de tambora que en las noches, en el atrio de la iglesia, le cantaba al Niño Dios.
Otro pueblo, entre los ubicados a orillas de las riberas del río, donde se conoció y se tocó la marimba fue en Tenerife. ‘El Caro’, oriundo de El Banco, Magdalena, fue su intérprete. De navegante por el río, llevando balsas de madera a Barranquilla, pasó a ejecutante permanente del instrumento. En la histórica población se instaló en la vivienda de Andrea Zapata, donde a diario lo hacía sonar. El material que utilizaba para construir el idiófono era un tronco hueco de árbol de volador –Terminalia oblonga–, o banco o balsa –Ochroma pyramidale–, de una extensión no superior a un metro y a las doce pulgadas de ancho. A lo largo del tronco abría surcos de distintos tamaños, a manera de teclados, que golpeaba con dos baquetas, produciendo sonidos musicales.
Montaba la marimba sobre dos banquetas y, mientras la tocaba, cantaba versos de su autoría o del folclor del bajo Magdalena: “Un negro me dijo negro / siendo más negro que yo / yo tengo los dientes blancos / porque Dios me los mandó”.
Otro lugar donde fue utilizado este artilugio musical fue en Campo de la Cruz, Atlántico. Tocaban –marimba y marimbula–, al sexteto que interpretaba son cubano y ritmo changüí.
En las orillas del río Magdalena también se escuchó el sonido de otros xilófonos. En efecto, en pueblos como Plato, El Piñón y Sitionuevo, en el Departamento del Magdalena, y Barranca Nueva, en el de Bolívar, fueron fabricados con botellas de cristal. En la primera localidad las botellas de vidrio llenas de querosene colgaban de un cuadro de madera de un metro y medio de alto por un metro y medio de ancho, y eran tocadas con dos baquetas. El sonido era mezclado con el sonar de una caja, una guacharaca y una dulzaina, interpretando música vallenata.
Enzo Rosales Viloria, destacado violinista y guitarrista nacido en Sitionuevo, fue intérprete de un botellófono que vio tocar a un gitano integrante de un circo que llegó a esa localidad. Al día siguiente de ver la función buscó botellas, de las denominadas panchitas, y fabricó el artilugio musical. Otro destacado intérprete de un xilófono con botellas fue el músico nacido en El Piñón, Rafael ‘el Niño’ Rudas. Este percusionista de la orquesta de los Hermanos Martelo vio en Barranquilla un botellófono y al regresar a su localidad natal hizo uno. Las botellas, además de llenarlas de agua, las identificó con distintos colores, y haciéndolas sonar con baquetas, colgadas de un cuadro de madera, amenizó veladas musicales con un conjunto musical.
El investigador List (1968) señala que en la Costa Atlántica cualquier instrumento melódico que no sea aerófono o membranófono se le llama marimba, afirmación que encuentra una excepción en Las Canoas, Magdalena. En esta localidad, ubicada en el Municipio de Pivijay, le dieron el nombre de marimba a un pequeño tambor hecho con trozos del árbol de balso –Ochroma pyramidale–, recubierto con un fragmento de cuero de chivo. Lo hacían sonar con dos baquetas amenizando los cumbiones que cada fin de semana organizaban en las cantinas del pueblo. Pero más que una excepción se trata de un emparentamiento entre el tambor de Las Canoas y la marimba. Se relacionan cuando ambos hacen de instrumentos de percusión. El xilófono se asemeja al tambor cuando realiza patrones de ritmos de percusión.
Si en la mayoría de los pueblos fue usual que el acordeón se asociara con una caja de un parche para interpretar canciones en aire de merengue nacido en las orillas del río Magdalena y en el Magdalena Grande, en Las Canoas el aerófono armonizaba su sonido con los golpes con baquetas que le daba un músico a la marimba.
Álvaro Rojano Osorio: investigador cultural, autor del libro ‘La tambora viva. Música de la Depresión Momposina’ (2013) y ‘La música del Bajo Magdalena, Subregión río’ (2017).