
El primer hombre negro en ingresar al santoral y a los altares católicos fue San Benito de Palermo o San Benito de las Palomas, como se le conoce en el sur del departamento del Atlántico. Después de su muerte, la fama de sus milagros y de su santidad se extendió rápidamente en algunos países de Europa, África y América.
Murió en Palermo, Italia, en 1589, y nació en San Fratello, en 1526. También se le conoce como el Moro o el Negro, por el color de su piel y su ascendencia africana. Tempranamente se le atribuyen muchos milagros, ya que era conocido desde los diez años como ‘il moro santo’. De acuerdo con la tradición, en 1589 enfermó gravemente y por revelación conoció el día y la hora de su muerte, que ocurrió el 4
de abril de ese mismo año.
A partir de este momento, y no obstante de que su canonización se efectuó 218 años después de su muerte, el culto a San Benito se difundió ampliamente, convirtiéndose desde el siglo XVI en ‘protector’ de los pueblos negros de tres continentes. Fue canonizado por Pío VII el 24 de mayo de 1807. Actualmente se le rinde culto en varios países como es el caso de España, Portugal, Italia, México, Venezuela, Bolivia, Colombia, Perú, Brasil y Angola, entre otros.
Es pertinente aclarar que el acceso de San Benito a los altares no transitó por un camino fácil, por el contrario, para ello se le colocó una serie de obstáculos que se materializaron en lo demorado que resultó el proceso de beatificación y canonización. Estas demoras estaban relacionadas con el color de su piel y con la desconfianza que inspiraba un negro, así fuera santo. Por ello es fácil deducir que fue la contundencia de sus milagros y premoniciones lo que determinó que en últimas el Vaticano aceptara que un santo fuera portador de los marcadores raciales propios de los descendientes de africanos, es decir, que en un cuerpo negro se anidara también la gracia de Dios.
El desplazamiento forzoso de africanos y africanas al continente americano, es decir, la trata, no solo lo fue de personas, sino de culturas. Si bien las personas traídas del África arribaron al Nuevo Mundo sin ningún equipaje material, estos trajeron en el baúl de la memoria todo un dispositivo cultural que recrearon y revalorizaron en las nuevas condiciones del suelo americano. A todos estos elementos que aún perviven como huella indeleble del pasado africano es lo que se ha denominado como ‘huellas de africanía’. En cierto sentido, San Benito hace parte de esas huellas.
Uno de los tantos destinos de escape que escogieron los cimarrones en Cartagena desde finales del siglo XVI y todo el XVII para esconderse fue el territorio delimitado por el Canal del Dique, el río Magdalena y la Sierra o Montes de Luruaco. Este escenario geográfico guardaba las condiciones que posibilitaron el ocultamiento de los huidos. De allí la existencia de tres palenques y un pueblo de negros: San Benito de las Palomas, Betancur, Tabacal y Santa Lucía. A diferencia de las poblaciones de blancos, los palenques y pueblos de negros se ubicaron en zonas inhóspitas y poco atractivas para los españoles. San Benito y Santa Lucía, en las áreas anegadizas del Canal del Dique, y Betancur y Tabacal, en las cimas de las Serranías de Luruaco. Parte de estos espacios del sur del departamento del Atlántico se caracterizaron por la ausencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.
El abordaje de la historia de Repelón, actual escenario del culto y la devoción de San Benito, necesariamente nos remite como preámbulo a la historia de San Benito de las Palomas, pueblo del cual surgió Repelón. En atención a la tradición oral y a la memoria colectiva y ancestral de sus pobladores, San Benito de las Palomas es el resultado de los procesos de cimarronaje de los esclavizados que fueron vinculados a la construcción del Canal del Dique, que luego de escaparse se ubicaron en las orillas de un caño donde construyeron un palenque al que llamaron San Benito.
En este lugar permanecieron desde 1650, fecha en que se construyó dicho canal, hasta 1848, año en que tuvieron que abandonarlo para refugiarse en el espacio del actual Repelón debido a la desaparición del palenque de San Benito por las inundaciones. Este fenómeno también lo debieron enfrentar el Real de la Cruz y San Etanislao. Otros, sin apartarse del origen cimarrón de San Benito, aseguran que los esclavizados se escaparon de las distintas haciendas cercanas, crearon el palenque aprovechando las condiciones ambientales que brindaba este sector y que a la larga les permitiera no ser develados. Otras referencias al respecto las encontramos en Juan José Nieto, Diego de Peredo y José Agustín Blanco. Finalmente, la parroquia de San Benito quedó para siempre bajo las aguas en 1859. En el palenque de San Benito, y luego en Repelón estuvo presente el
Santo Negro como patrono.
Aunque en términos generales en el calendario cristiano la fiesta de San Benito se celebra el día conmemorativo de su fallecimiento (4 de abril), en Repelón se efectúa el 3 del mismo mes. El grueso de sus actuales devotos lo constituyen los campesinos y pescadores pobres de la población. Ellos aseguran ser como San Benito: negros, pobres, agricultores y cuidadores de ganado ajeno. Y aunque la parroquia está consagrada a San Benito de las Palomas, el pueblo cuenta en la actualidad con dos santos patronos: San Benito y San Antonio, a quienes las autoridades civiles y eclesiásticas le prestan mayor atención. Para algunos pobladores la presencia de este último es producto de la falta de identidad de un grueso sector de la población que se siente incómodo por tener un santo negro.
Sin lugar a dudas la construcción de procesos de etnización y el acceso a procesos identitarios requieren de experiencias compartidas en el pasado, de símbolos y héroes no solo militares sino también religiosos, como es el caso de San Benito. Desde esta perspectiva, San Benito se erige como uno de los íconos substanciales de identidad para los afroatlanticenses; su rescate del anonimato y su visibilización permitirá encontrar una de las piezas para seguir armando el mapa de los rostros con que se ha presentado la diáspora en el actual departamento del Atlántico.
El silencio y la invisibilización a las que ha sido sometida la comunidad afrocolombiana por parte de las historias oficiales requieren de la irrupción de nuevas historias que además de enfrentar la exclusión establezcan una nueva visión de ese pasado negado. Situación que sin lugar a dudas se debe replicar también en el campo de la hagiografía, que históricamente le ha dado prevalencia a las historias de vida de los santos blancos, pues en ellos la santidad ha sido sinónimo de blancura. De lo anterior se desprende la necesidad de redefinir y resignificar la imagen y la hagiografía de San Benito en la perspectiva de consolidar procesos identitarios a partir de la reconstrucción del pasado y de la africanización de San Benito. Hasta San Benito, la santidad fue una cualidad reservada a los blancos, pues blanco equivale a puro, santo y bueno; en cambio negro, a impuro, malo y pecado. La reconstrucción del pasado ha sido una herramienta de la que se han servido los colectivos humanos para legitimar sus identidades. Esta reconstrucción del pasado debe ser aprovechada y releída para evitar el olvido y la invisibilización de San Benito de las Palomas.
En Repelón se le rinde tributo a San Benito de las Palomas, canonizado en 1807.
*Historiador. Autor de los libros: ‘Esclavitud en la provincia de Santa Marta’, y ‘Afroatlanticenses’. Profesor de las universidades del Atlántico y Simón Bolívar.